III

Bodega

—¿Tú crees que llegues a viejo? O sea, ¿te imaginas viejo? —Se termina el último sorbo de cerveza.

—No sé. Nunca lo he pensado, pero sí me cuesta imaginarme. No me veo. —Se apura con la cerveza.

—Yo creo que no. A los cuarenta no llego. Siento que soy el típico que muere joven.

Roberto se ríe y empieza a toser por culpa de los frutos secos.

—Cuidado, que me robas el puesto.

Roberto toma el último trago de cerveza y se recompone.

—¿Pedimos otras dos?

—De una.

Llama al mozo y le pide dos cervezas más.

—Pero entonces, tú dices que antes de los cuarenta ya estás más allá que acá.

—Absolutamente. Encima ya me imagino a mis amigos recordándome con cariño.

Roberto se ríe.

—Y si te mueres aquí, en Madrid, ¿crees que vengan a velarte desde allá?

El mozo trae las dos cervezas.

—Si yo me muero aquí, en Madrid, quisiera que me lleven a enterrar a Lima.

—Pero ¿cómo sería eso? Llevan tu cuerpo en avión. —Se toma un trago de cerveza.

—Sí, pero en bodega. No creas que te asignan un asiento. —Golpea su vaso contra el de Roberto, como un brindis flojo.

—Ah, bueno. Vas en ataúd, en bodega, me imagino.

—Yo creo que sí. Con los perros. —Sigue tomando su cerveza.

—Pero nunca he visto un ataúd en el aeropuerto. ¿Los pasarán como maletas?

—Sí, claro. Les pegan un sticker y todo.

Roberto se queda pensando. Luego se enciende un cigarro.

—Y cuando llegas al destino, ¿te harán esperar con el resto de maletas que van llegando?

—Exactamente. Así siempre ha sido.

—Rarísimo.

—Y yo quiero que tú viajes conmigo muerto y recojas mi cuerpo en Lima.

Roberto se ríe nuevamente.

—Yo puedo hacerlo. Pero eso sí: no me hagan esperar, porque mi maleta siempre es la última.

—No te haré esperar. Si ya bastante estás haciendo, Robertito. —Le quita el cigarro de la boca y le da una pitada.

El mozo se acerca a su mesa.

—No se puede fumar aquí. Tienen que apagarlo.

Roberto acaba de irse. Ramón sigue en la bodega. Siéntate donde estaba él.

Ramón está pensando…