II

Llamada

—He hecho la misma solicitud ya como tres veces, señorita.

—Yo lo entiendo, caballero, y lamento las incomodidades causadas.

—Ya sé, ya sé que lo lamenta. Pero ahora necesito soluciones. ¿Le puedo dejar mi número por si se corta la llamada?

—Claro que sí, caballero. Dígame.

—Nueve, ochenta y siete, cero dos, veinticinco, catorce.

—Disculpe, no se oye bien. ¿Treinta y cinco catorce?

—Veinticinco —mira a su derecha, incómodo.

—Disculpe, es que hay música de fondo. No le entiendo bien.

—Veinticinco —pega el teléfono a la boca—. Veinticinco.

Los asistentes lo miran de reojo. Un murmullo grave, sostenido. Una mujer elegante agita la cabeza de un lado a otro. Una mano se apoya en su hombro.

—Señor…

Él no responde.

—¿Señor?

—Un segundo —al teléfono—. Veinticinco. Dos cinco.

—Lo que está haciendo no es apropiado.

—Perdona, caballero, pero llevo días intentando cancelar un servicio de telefonía.

—Señor, está usted en medio del cortejo.

—Sí, claro. Pero no estoy dejando de hacerlo. —Ajusta el peso del cajón con el hombro—. Estoy cargando igual.

Alguien detrás se seca las lágrimas.

—Es una falta de respeto.

—Falta de respeto es lo que hacen estas compañías, que te ignoran cuando les conviene —al teléfono—. Señorita, ¿me escucha?

El resto de cargadores lo miran también, pidiéndole con los ojos que acate. Otra asistente más se le acerca. Entre lágrimas, se quita los lentes oscuros.

—Señor… Dentro de ese cajón que tiene sobre sus hombros está mi marido muerto. Simplemente cállese ya.

Él duda apenas. Mira el cajón. Mira el teléfono.

Los cargadores siguen caminando con la cadencia del coro. Él levanta el teléfono nuevamente.

—¿Me entendió, señorita?

Silencio.

—¿Señorita?

Nada.

—Siempre lo mismo.

Han pasado unos meses. Has reconocido a la viuda en un café.

Ella está pensando…