IV

Sonreír

—¿Qué tal, Jota? ¿Cómo te trata la vida? —Deja que se cierre la puerta del restaurante.

—Todo bien, felizmente. Con cosas, como todos, pero en general, bien.

—Es que lo veo siempre tan serio. —Se termina de acomodar el abrigo.

—Más que nada por el trabajo. Es por eso. —Mira hacia un costado, vigilando.

—Bueno, ¿y le queda mucho tiempo más?

—Un rato más.

—Bueno. —Se hace un nudo en el pelo.

—Primero salen los clientes. Después los jefes. Después los mozos, las camareras como usted. Después los cocineros. Después los de limpieza. —Va enumerando la lista con los dedos—. ¿Y el último en irse sabe quién es?

Ella lo señala.

—Eso mismo. El de seguridad. Pero ya estoy acostumbrado.

—¿Y tiene familia esperándolo en casa? —Elige una lista de reproducción en el teléfono.

—Mi mujer y mis tres hijos… —Se corrige—. Dos hijos.

—Qué bonito. Entonces hay motivos para estar feliz.

—Claro que sí. Todo lo que hago es por ellos.

—Qué bonito. Bueno, lo dejo, señor Jota. Que tenga una buena noche. Y sonría un poco más, que no hace falta estar tan serio.

—A ver. Su trabajo es sonreír. —La mira a los ojos—. El mío no. El mío es no sonreír.

Ella no sabe qué contestar.

—¡Hasta luego! —Se pone los audífonos y se va caminando.

Él voltea la cara. Le cae una lágrima. Se la seca rápidamente con la mano. Mira hacia arriba, al cielo ya oscuro. Exhala profundamente. Arregla su postura, se pone firme. Continúa haciendo lo suyo: no sonreír.

Pasaste caminando por el restaurante y te cruzaste con Jota. Salúdalo.

Jota está pensando…